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10 May 2013 @ 11:26 pm
Una mala noche  
Esa noche había bebido, tal vez demasiado. Salí de aquel antro y al volver la esquina al callejón, vi a una pareja discutir. Ella lloraba y él la zarandeaba. No entendía cual era la discusión pero algo me llevaba hacia ellos.
Cuando estuve a su lado lo empujé levemente y le susurré que la dejara en paz.
-Tío no estás en condiciones- me respondió él. Me apartó de un empujón y continuó discutiendo con la chica.
-¡Deja de tocar los huevos! - le grité y él se volvió hacia mí.
-Tío no te metas - volvió a empujarme
-¡Que la dejes en paz! - le devolví el empujón.
- Piérdete - dijo ella. Me giré ligeramente hacia ella, ¿le estaba salvando el culo y me echaba?. Sin darme cuenta un puño se acercó demasiado rápido a mi cara, ese tipo me asestó un golpe en toda la nariz, sangraba.
El animal que llevaba dentro rugió y arañó con sus garras mi piel, deseoso de salir. Esa sangre en mi nariz era el comienzo.
- No tienes idea de lo que acabas de hacer - le dije y acto seguido le sacudí un buen golpe en el estómago. Dio dos pasos hacia atrás, apoyó el pie derecho fuertemente en el suelo y acto seguido me arroyó. Caímos al suelo, él sobre mi, y comenzó a golpearme la cara con sus puños con todas sus fuerzas.
-¡Cierra la boca payaso, te dije que no te metieras! - continuó golpeando y golpeando.  Sentía sus golpes, pero era lo de menos. Lo que más me aterraba era aquella bestia que quería salir.
Sujeté con fuerza por el cuello al chico y lo levanté en el aire. Ya era tarde aquel perro ya había salido. Le miré a los ojos mientras sus pies zarandeaban en el aire, intentando zafarse de mis manos, pero no podía, veía miedo en su interior, lo olía. La chica gritó, corrió hacia mi y me golpeaba en los brazos, quería soltar a su amigo. Pobre inocente.
La miré, estaba aterrada. Solté una mano del cuello del chico y aparté a ella de un manotazo.
 - Ahora no me toques los huevos puta.
Lancé al tipo contra la pared y cayó en un montón de cubos de basura. Lo agarré por un pie y lo arrastré por el callejón. La chica estaba inmóvil, me miraba aterrorizada.
Biribip, biribip.
Sonó el telefono, lo cogí
- Kal, llegas tarde, ¿ya te estás metiendo en lios? Prometiste contarme un cuento antes de dormir. - Aquella vocecilla era la salvación de estos dos perdedores. Tora llamaba y no podía negarme, él me había salvado la vida una vez y se lo debía.